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Dra. Eliana Robles Granda
Médica Ginecóloga – APROFE
La gran mayoría de gestaciones y nacimientos ocurren sin problemas; sin embargo, 7 de cada 100 bebés nacen con alguna deficiencia o discapacidad. Este número es aún mayor si además de las deficiencias visibles al nacer, tomamos en cuenta todos l@s bebés que recién revelan su discapacidad después de algunos años: niños, niñas y jóvenes con problemas en su desarrollo físico, intelectual y emocional.
Muchas de estas deficiencias y discapacidades pueden prevenirse.
Un nacimiento saludable depende de la salud integral de la mujer antes del embarazo y es desde aquí cuando se debe iniciar la prevención de las discapacidades. Pero lamentablemente, más de la mitad de los embarazos son accidentales, sin preparación y frecuentemente no deseados. Además, durante el embarazo existen otros riesgos, peligros y agresiones que amenazan al bebé por nacer y por ello es necesario identificarlos para prevenirlos.
Es dentro de este contexto que hablamos de la PREVENCIÓN DE DISCAPACIDADES y si es necesaria o no la investigación de un conjunto de enfermedades infecciosas que conforman el llamado Síndrome de TORCH o STORCH, cuya característica es que pueden causar infecciones intrauterinas o congénitas y, en general, infecciones perinatales con ciertos signos clínicos comunes.
Las infecciones del feto y del neonato pueden surgir en diferentes momentos, desde la concepción hasta el parto, siendo más severas cuando se adquieren en el primer trimestre del embarazo. De ahí que las acciones dirigidas a la prevención de discapacidades son más efectivas cuando se incluyen dentro del conjunto integral de acciones ligadas a la salud reproductiva como la promoción y realización de la consulta pre-concepcional y de la atención prenatal temprana, a la primera falla menstrual, en lo posible.
Las infecciones perinatales han sufrido a través del tiempo una serie de cambios en su enfoque, la nomenclatura usada (TORCH – STORCH), las entidades incluidas (Toxoplasmosis, Rubéola, Citomegalovirus, Herpes; otros incluyen, además, la Sífilis) y, por ende, en el enfoque diagnóstico, y han sido objeto de estudio e investigación permanente, sobre todo desde la pandemia de rubéola en 1941 y la descripción de la tríada asociada a la misma por el oftalmólogo australiano Gregg al fijarse que niños nacidos con cataratas asociaban frecuentemente sordera y cardiopatía, amén de otros problemas, lo que sucedía tras una gestación durante la cual sus madres habían sido contagiadas de rubéola en el primer trimestre del embarazo.
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